Hace diez años me diagnosticaron mal de Crohn, un trastorno intestinal. Los doctores no están seguros de por qué se genera y mucho menos de la cura. A lo largo de los años he sufrido de agonía tanto mental como física a causa de varias recaídas, pero también he sentido la mano sanadora de Dios sobre mi vida, obrando para curarme de este mal debilitante. Mi primera experiencia con la sanidad tuvo lugar en la secundaria, en un retiro de fin de semana en el que fui ministrado. Volví con la seguridad de que Dios me había sanado para siempre.
Un año después, para mi asombro, los síntomas comenzaron a resurgir y al poco tiempo tuve una recaída. Me sentí decepcionado porque no podía entender cómo, si Dios me había sanado, yo podía “perder” esa sanidad. Sin embargo, con el tiempo comencé a recobrarme y pronto me sentí mejor, así que mis pensamientos dejaron de centrarse tanto en mi enfermedad. Al tiempo, oraron una segunda vez por mi enfermedad, y esta vez estaba seguro de que había sido sanado. Pero seis meses después sufrí otra recaída, aunque no tan grave como la primera.
Fue durante este período que comencé a comprender un aspecto muy importante del proceso de sanidad: ¡Mi función! Comencé a examinar mi dieta y las comidas que estaba introduciendo en mi cuerpo, y me di cuenta de que estaba, en varios aspectos, obstaculizando la mano sanadora de Dios, e incluso hasta trabajando en contra de ésta en algunas ocasiones. Comencé a ver mi sanidad como un proceso, no como un hecho puntual. Yo había deseado una sanidad milagrosa sin poner nada de mi parte más que la fe, pero empecé a comprender que, en mi caso, el Señor trabaja para darme sanidad en la medida en que yo trabaje para alimentar mi cuerpo de manera sana y nutritiva.
Hoy en día, los exámenes médicos todavía muestran señales de la enfermedad, pero aun así, sé que el Señor está trabajando para evitar que reaparezcan síntomas de la misma. Es mi diario andar con Jesucristo lo que me provee de la fe necesaria para creer que está obrando en mi cuerpo para mantener mi salud física. Firmemente creo que Dios me ha dado muchísima sanidad en mi vida, pero no ha sido sin responsabilidad de mi parte. Creo que el Señor me llamó a educarme a mí mismo acerca de la nutrición como parte vital de mi proceso de recuperación y mantenimiento.
Mi intención al escribir este artículo es compartir con ustedes la libertad que he hallado en mi vida espiritual al cuidar de mi vida física. Debido a que no puedo enfocarme en las necesidades nutricionales de cada persona, no intento, con este artículo, decirles a ustedes qué comer sino darles una guía general para sus vidas. No voy a proponer cambios radicales a lo que estén haciendo actualmente, pero espero que este artículo les dé el impulso para comenzar a hacer pequeños cambios graduales que se incrementen con el tiempo.
La Biblia habla de comida muchas, muchas veces, desde qué comer, hasta cómo preparar e higienizar los alimentos. Ese es un tema que no puedo desarrollar por completo en este artículo, pero de más está decir que Dios tiene mucho para decir acerca de la comida, y haríamos bien en escuchar Su consejo. En lo que quiero enfocarme, aunque brevemente, es en el abundante historial de dietas prescriptas por Dios que hallamos en la Biblia y cómo se aplica a nuestras vidas en los tiempos que corren.
Lo primero que vemos es que Dios dio a la humanidad “...todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla” (Génesis 1:29b). En esencia, el ser humano fue creado para ser vegetariano. Poco después del Diluvio Dios añade a nuestra dieta “todo lo que se mueve y tiene vida” (Génesis 9:3a). Sin embargo, luego Le aclara a Moisés y a Aarón que hay animales limpios y animales inmundos (Levítico 11). Y, por supuesto, más adelante vemos un gran relato en Hechos donde el Señor le revela a Pedro, por medio de una visión, que Dios ahora había hecho “limpios” a todos los animales.
Nuestros cuerpos, aunque ya no son perfectos, ciertamente fueron diseñados para pasar la prueba del tiempo, y aún hoy, en nuestro mundo caído, pueden resistir mucho maltrato. Yo creo que mientras más equilibrada sea nuestra dieta, más beneficios obtendremos en nuestra vida física y en nuestra vida espiritual. Relativamente hablando, la vida es corta, por eso deberíamos tratar de vivir de tal manera que podamos maximizar la calidad de nuestras vidas. Porque como dice la Biblia: “Mucho valor [mucho costo, o peso] tiene a los ojos del Señor la muerte de sus fieles” (Salmo 116:15). Si morimos antes de que venga el Señor, nuestro trabajo aquí en la Tierra finalizará, por lo tanto, todos los cristianos que tenemos esta esperanza deberíamos hacer ahora todo lo posible, durante todo el tiempo que podamos. Con esto en mente, veamos cómo la dieta puede ser útil para maximizar nuestra productividad mientras estamos aquí en la Tierra.
Todo alimento puede, esencialmente, dividirse en tres categorías: carbohidratos, lípidos (grasas) y proteínas. Cada una de estas categorías cumple funciones fundamentales, necesarias para mantener nuestra salud física. El equilibrio adecuado de estos grupos se logra midiendo la cantidad de calorías que usted consume, y entendiendo cómo es el metabolismo de su cuerpo. La misma cantidad de comida puede producir resultados totalmente diferentes en dos personas de distinto metabolismo. Monitorear la respuesta de su cuerpo a la cantidad de alimento que usted ingiere es una buena guía para poder mantener su peso ideal. Las necesidades calóricas también cambian de persona a persona (debido a múltiples factores) pero generalmente van desde las 1600 calorías (en mujeres inactivas) a 2800 calorías (en hombres activos) por día. Estas calorías deben consumirse del siguiente modo:
Carbohidratos (45 a 65%, de los cuales no más del 10% debe provenir de carbohidratos simples).
Lípidos (10 a 35%).
Proteínas (más del 35%).
La gran mayoría de las personas que siguen estas directivas recibirán significativos beneficios para su salud. Como dije antes, mi objetivo es ayudarlo a evaluar en qué estado está en cuanto a su consumo alimenticio y ayudarlo a hacer pequeños cambios graduales en su dieta para mejorar su salud. Habiendo dicho esto, vamos a considerar un breve resumen de cada categoría y su importancia en nuestra salud nutricional.
Carbohidratos
Los carbohidratos actúan como fuente de combustible para diferentes células, especialmente las del cerebro, las del sistema nervioso, y las de la sangre. Sus músculos también dependen de los carbohidratos cuando están con mucha actividad. Los carbohidratos se dividen en dos categorías: carbohidratos simples (azúcares) y carbohidratos compuestos (almidones y fibras). Los carbohidratos simples se encuentran generalmente en alimentos ricos en grasa o de poco valor alimenticio (gaseosas, golosinas, chocolates, etc.) El exceso de azúcar frecuentemente se convierte en grasa (que se suma a la grasa que acabamos de ingerir al consumir comida “chatarra”), generando una excesiva cantidad de grasa que el cuerpo no puede utilizar, y por lo tanto la debe almacenar, lo cual no es bueno para la mayoría de nosotros.
Los carbohidratos compuestos se encuentran principalmente en granos, frutas y vegetales. Todos estos alimentos nos proveen de verdaderos beneficios para la salud cuando los consumimos. Los granos deben consumirse con moderación, mientras que las frutas y los vegetales (para la mayoría de nosotros) deben consumirse tanto como sea posible. [1] Comer estas comidas le proveerá de los azúcares simples necesarios para mantener los niveles de energía que su cuerpo necesita sin ingerir en exceso comidas ricas en grasa.
Como sociedad, consumimos más carbohidratos simples que compuestos. Se calcula que cada estadounidense consume cerca de 50kg de azúcar refinada por año. [2] Muchos expertos creen que este excesivo consumo de comidas azucaradas es la causa de nuestro récord de obesidad y diabetes. [3]
Lípidos (grasas)
Sin duda, uno de los tópicos más debatidos con respecto a la nutrición es el consumo de grasas. Muchos de nosotros oímos la palabra “grasa” y temblamos, porque está asociada con la presión sanguínea alta, ataques al corazón, etc. Sin embargo, sin un consumo apropiado de grasa rápidamente dejaríamos de existir. La grasa existe en tres formas naturales: grasa saturada, poliinsaturada y monoinsaturada, y en una forma anti-natural llamada grasa trans (transgénica).
El cuerpo necesita más grasas poliinsaturadas y monoinsaturadas provenientes de pescados, aceites (como el aceite de oliva o el de maní), nueces, etc., que grasas saturadas (de las carnes, bocadillos, comida rápida, etc.). Hay varias razones para esto, pero la principal tiene que ver con el colesterol. El cuerpo usa la grasa que usted ingiere para producir colesterol, al cual se le suma el colesterol que este produce naturalmente. El consumo de grasas poliinsaturadas y monoinsaturadas estimula al hígado a que elimine LDL (colesterol “malo”) de la sangre, y por lo tanto, evita que sea usado por células carroñeras para producir placa. Por otro lado, las grasas saturadas reducen la capacidad del hígado para remover LDL, lo cual puede llevar a un incremento de placa en las arterias. En la mayoría de las personas esto no debe ser preocupante si se consumen grasas saturadas con moderación.
El último tipo de grasa es una artificialmente producida por el hombre, llamada “grasa trans”. Estas grasas no son de utilidad en el cuerpo y sólo conducen a incrementar la grasa corporal y el colesterol LDL. Estas grasas deberían evitarse sólo por eso, pero las investigaciones continúan demostrando que también pueden causar otros graves problemas de salud. Pueden identificarse fácilmente, en la etiqueta de un producto, como “aceite parcialmente hidrogenado”. Además, que no lo engañen con paquetes que dicen “libre de grasas trans”. Algunos de estos productos contienen poco menos de ½ gramo por porción, pero la reglamentación vigente de algunos países les permite colocar “cero gramos” cuando en realidad podrían contener mucho más que eso.
Proteínas
Las proteínas son parte vital de toda nuestra salud. Forman grandes porciones del delgado tejido muscular, el que es responsable de alrededor del 17% del peso corporal total. Las proteínas también ayudan en la coagulación de la sangre, en el equilibrio de fluidos, en la producción de hormonas y enzimas, en los procesos visuales, en el transporte de muchas sustancias a través del flujo de sangre, y en la regeneración celular. Sin embargo, muchas personas consumen demasiadas proteínas, cuando en realidad la cantidad requerida por el cuerpo es muy pequeña (2 a 4 cucharadas soperas de aceites por día y dos porciones de pescado o carne por semana). De todos modos, comer grandes cantidades de proteínas normalmente no hace daño a la mayoría de las personas.
Para producir proteínas el cuerpo necesita aminoácidos. Existen aproximadamente 20 aminoácidos, 11 de los cuales el cuerpo produce naturalmente. Los otros deben provenir de la dieta. Estos se combinan de distintas formas para producir todas las proteínas que el cuerpo necesita. Los alimentos que contienen proteínas se dividen en dos grupos: proteínas de baja calidad (aquellas que carecen de uno o más de los principales aminoácidos) y proteínas de alta calidad (las que contienen los nueve aminoácidos principales). Por lo general, las proteínas que provienen de animales son de alta calidad y las que provienen de plantas son consideradas de baja calidad (excepto las de la soja). Sin embargo, esto no significa que debamos depender exclusivamente de las fuentes animales, ya que podemos combinar las proteínas de diferentes vegetales para obtener todos los nueve aminoácidos esenciales. Sin embargo, debido a que el tejido animal es el que más se parece al nuestro, lo asimilamos con mayor eficiencia.
Su cuerpo debe contener los nueve aminoácidos esenciales para poder sintetizarlos y crear proteínas. Si le falta tan sólo uno, su cuerpo no podrá crear las proteínas necesarias para completar los muchos procesos que mencioné anteriormente. Si actualmente está usted consumiendo alimentos de origen animal no hay mucho de qué preocuparse, pero si sólo come vegetales sería bueno que se asegure de comer una amplia variedad de estos para asegurarse de que está consumiendo los nueve aminoácidos esenciales.
Conclusión
Por sobre todas las cosas, he aprendido a enfrentar el tema de la nutrición de un modo muy equilibrado. Es muy fácil volverse obsesivo en cuanto a comer “perfectamente”, pero la Palabra de Dios nos dice que nuestra actitud hacia la vida puede ser tan benéfica como las acciones alimenticias que tomemos. Actualmente, hasta la ciencia está comenzando a comprender lo que Dios ya sabía cuando nos creó.
Proverbios 17:22a
Gran remedio es el corazón alegre…
Durante años viví con mucho estrés auto-inducido, al internalizar incorrectamente muchos de los acontecimientos de mi vida (incluyendo mi enfermedad), y consecuentemente causándome muchos problemas innecesarios. El estrés que generé no sólo agravó los síntomas del mal de Crohn sino que también me causó mucha tensión mental y fatiga física. No fue sino hasta que le entregué mis problemas a Dios que comencé a ver Su plan para mi proceso de sanidad. Su plan puede ser muy diferente al mío, pero creo que la clave principal es entregarse a Dios y compartir su carga con Jesús. Entréguele su estrés y sus preocupaciones y comience a vivir su vida física de tal manera que en verdad facilitará la sanidad de su cuerpo. Imagínese trabajando codo a codo con Jesús, preguntándole siempre qué hacer para obtener la sanidad que usted necesite en su vida.
Nuestros cuerpos son increíblemente complejos y están diseñados para ser flexibles y adaptables. Yo creo que debemos disciplinarnos para comer de la mejor manera posible, pero también creo que debemos ser misericordiosos con nosotros mismos cuando no lo hacemos. Generar estrés en nuestras vidas sólo empeorará las áreas que ya tenemos sanas. Contrariamente, enfoquémonos en la gracia que tenemos por medio del sacrificio de Cristo y regocijémonos con él en su victoria para que por medio de nuestro gozo hallemos la medicina que sane nuestro cuerpo, alma y espíritu.