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¡Sólo pide!
Pide al Señor. ¡Él desea darnos buenas cosas!

por Carolyn Pais

Si Jesucristo se acercara a tí y te preguntara “¿Qué quieres que haga por tí?”, ¿qué dirías? Esta pregunta, así como otras, vinieron a mi mente cuando leía Mateo:

Mateo 20:29-34
(29)
Una gran multitud seguía a Jesús cuando él salía de Jericó con sus discípulos.
(30) Dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al oír que pasaba Jesús, gritaron: --¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros!
(31) La multitud los reprendía para que se callaran, pero ellos gritaban con más fuerza: --¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros!
(32) Jesús se detuvo y los llamó. --¿Qué quieren que haga por ustedes?
(33) --Señor, queremos recibir la vista.
(34) Jesús se compadeció de ellos y les tocó los ojos. Al instante recobraron la vista y lo siguieron.

Mis primeras preguntas fueron: ¿qué pasó con esa multitud? ¿por qué le decían a los ciegos que se callaran? Obviamente tenían sus razones, ¿pero eran buenas razones? Mi pregunta a tí es: ¿qué razonamiento te dice a tí que tienes que mantenerte callado y no pedir ayuda?

Quizá no sientas que mereces la ayuda o quizá pienses que puedes manejar la situación por tí mismo. Quizá hay una multitud diciéndote erróneamente que “la soberanía es de Dios y Él tiene Sus razones para que estés enfermo, sin trabajo, o solo…” O posiblemente piensas que no puedes pedir ayuda porque tú causaste el problema. Quizá cometiste errores en la crianza de tus hijos, quizá haya decaído tu salud porque nunca comiste adecuadamente. Yo creo que hay un gran número de razones por las cuales uno no pide; de hecho, estoy segura de que uno de los mayores objetivos del Diablo es evitar que pidamos.

En vez de escuchar a la multitud y callarse, ¡estos dos hombres ciegos clamaron más fuerte! Hay veces en que debemos ser más osados, más firmes y sí, más “ruidosos” en contra de las voces en nuestras mentes, voces de condenación, de orgullo, o de opinión pública. Simplemente debemos pedir con la confianza de que nuestro Señor nos oye y nos cuida.

En Mateo 7:7a Jesús nos dice: “Pidan, y se les dará…” Jesús comparó a nuestro Padre celestial con un padre terrenal y luego dice:

Mateo 7:11
Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!

Mi siguiente pregunta es: ¿Qué es bueno? Santiago 4:3 dice: “Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones”. “Malas intenciones”: eso no es bueno. Santiago 1:5 dice: “Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie”. “Sabiduría”:¡eso sí que es bueno! Santiago 5:15 nos da dos cosas “buenas” más para pedir: sanidad y perdón. Una “oración ofrecida en fe le hará bien a la persona enferma…si ha pecado, será perdonado”.

Hebreos 4:16 nos dice que nos acerquemos “confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos”. No siempre se trata acerca de que desaparezcan nuestras difíciles circunstancias, sino de que para superarlas haya una intervención divina: fuerza, paciencia, paz y amor. En 2Corintios 12:9 Jesús le dijo a Pablo: “…"Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad." Cuando tenemos una necesidad que no podemos controlar con nuestro propio poder y pedimos ayuda, allí es cuando se ve el poder de Cristo obrando en nosotros. ¡Poder ver nuestras circunstancias transformadas por la gracia de nuestro Señor Jesucristo es una buena cosa!

A medida que seguía leyendo en Mateo 7:11 sobre cómo nuestro “… Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan...” llegué al siguiente versículo, el cual me perturbó: “así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes.” Esperen un minuto: ¿en dónde encajan los “otros”? Yo creía que estábamos hablando de mí. En Juan 15:16 y 17 se repite el mismo escenario: “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Así el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros.

Me di cuenta de que lo que nuestro Señor Jesucristo y nuestro Padre en el cielo quieren, es que llevemos buen fruto. Cuando caminamos con la fuerza de nuestro Señor podemos ser su recurso para cubrir las necesidades de otros. En otras palabras, nosotros podríamos ser la respuesta a las oraciones de otros. ¡Eso es buen fruto! Lo que damos puede ayudar a otros, nuestras palabras pueden alentar a otros, nuestra luz puede dispersar las tinieblas y ayudar a las personas a que vean y conozcan a Cristo. En Juan 15:11 y 12 Jesús explica: “Yo les he hablado esto para que mi gozo esté en ustedes y para que el gozo de ustedes esté completo…ámense unos a otros como yo los he amado”.

Sí, Jesús cuida de nuestras necesidades personales, pero él sabe que cuando estamos amando a otros podemos experimentar su gozo. También he notado que cuando estoy ocupándome de otros no estoy agobiada por mis propios problemas, que dicho sea de paso, no ayuda a resolverlos. Todos conocemos gente que sólo piensa en sí misma. Se enfoca en sus necesidades y sentimientos y la mayor parte del tiempo se siente miserable.

Recientemente asistí a un funeral en el que el pastor comenzó con una expresión humorística: “Vive tu vida de tal modo que tu pastor no tenga que mentir en tu funeral”. Luego procedió a hablar acerca de dos clases de personas: los que dan y los que reciben. El hombre que había muerto era un hombre simple y pacífico que siempre daba, y todos en la habitación, cientos de personas, habían sido influenciados por sus palabras de aliento, su naturaleza compasiva, y su generosidad.

Yo he comprendido que para ser alguien que da, alguien que ama a otros, no tienes que tener ni una personalidad especial, ni mucho talento, ni mucho dinero. Sólo debes tener interés por el otro y dar, decidir escuchar y decidir pedirle al Señor que te ayude a ser compasivo con otros.

Así que volvemos al comienzo: dos hombres que responden a la simple pregunta de Jesús: ¿Qué quieren que haga por ustedes? Ellos respondieron: queremos que sea suplida nuestra necesidad, “queremos nuestra vista”. Jesús tocó sus ojos e inmediatamente recibieron la vista, pero la mejor parte viene después: ellos “le siguieron”. La mejor parte, la parte más fructífera para nuestras vidas, viene cuando seguimos a Jesús. Sí, muchas de nuestras oraciones serán: “Ayúdame, Señor”. Nosotros necesitamos su ayuda para poder seguir sus pasos y ser su medio para ayudar a otros, rindiendo fruto que perdura.

Mi pregunta final es, entonces: ¿Qué te gustaría que Dios y Jesús hicieran por ti?

¡Adelante, pide!

(traducción de Pablo Pereyra)


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